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Sábado 27 de octubre de 2007

Manuel Delgado: La calle como escenario de las desigualdades

Este antropólogo español participó del 3er. Encuentro de Pensamiento Urbano, organizado por el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. En la entrevista para Clarin.com que reproducimos aquí, dice además que el espacio público debería ser un espacio accesible a todos. Las restricciones, los prejuicios, las exclusiones crean excepciones, amputan el carácter público del espacio. Por eso la calidad de la democracia se refleja en la accesibilidad del espacio público.

Esta es la entrevista:

Aristóteles enseñó que la polis se hace con múltiples voces. Y Richard Sennett, hablando de los orígenes de la ciudad moderna, señaló que la ciudad es un espacio en el cual los extraños pueden encontrarse. ¿La ciudad contemporánea sigue siendo el lugar de encuentro de la diversidad?

Es algo que tiene pruebas evidentes. Ni siquiera es una cuestión en torno a la cual discutir, ni que tampoco dé opciones para elegir o no. Las ciudades son, por definición, heterogéneas. No porque les apetezca; no por razones ni éticas ni estéticas, sino simplemente porque de ello depende su propia supervivencia, para no decir su prosperidad. El Premio Nobel Ilya Prigogine dice que la célula y la ciudad son ejemplos de entidades que por fuerza requieren atraer hacia adentro formas de diversidad, porque justamente de ello depende que puedan existir. No pueden vivir como entidades cristalizadas y acabadas. La ciudad, por definición, necesita convocar personas y grupos con competencias y habilidades diferenciadas que hagan posible la cooperación, sin la cual es imposible una forma de vida compleja como la urbana. La diversidad es una opción vital.

La ciudad es escenario de conflictos y crisis. ¿La diversidad es responsable de esas tensiones?

El espacio público vive en crisis permanente. El supuesto de que el espacio público, y por extensión la ciudad, pueda existir al margen de ese mismo conflicto del que vive, es ingenuo. Por tanto, los conflictos y los enfrentamientos no son ni una excepción ni un inconveniente que pueda convertirse en obstáculo para que una ciudad crezca y mejore. De hecho, son su requisito.

¿Hay un límite para la heterogeneidad?

Los discursos que sugieren un estado de excepción como consecuencia del aumento de heterogeneidad trabajan de una forma tramposa haciéndonos creer que esa diversidad sería una anomalía que debe ser rápidamente identificada y corregida. Por tanto, ahí no vale pactar en el debate: la diferencia es un hecho y basta. El universo entero depende básicamente de la diferencia, porque la diferencia es información, y la información es comunicación; no podría haber ni información ni comunicación si no hubiera diferencias que comunicar. Por tanto, la diferencia es un elemento básico de cualquier forma de existencia. Y no digamos si es tan compleja como la ciudad. Ahora, otra cosa es que grupos sociales que tienen intereses incompatibles o antagónicos empleen la diferencia como argumento para justificar sus luchas, pero eso es otra historia. No existe una maldición que convierta a la diferencia en algo que implique de una manera irrevocable el enfrentamiento. Es el enfrentamiento el que busca, y si no encuentra inventa, el justificativo de sus actos.

¿La ciudad puede depararnos aventuras?

Si viviera convencido de que la ciudad está llena de atractivos que me llaman hacia la aventura, créame que realmente no pasaría de la esquina de mi barrio. No podría jamás llegar a ningún centro. Por tanto, de hecho, en la práctica, si la ciudad funciona no es porque la diferencia nos impacte, sino porque podemos ser indiferentes hacia ella. Por suerte. Lo que debería hacer posible la convivencia en espacios públicos no es el respeto a la diferencia, sino el respeto al derecho a la indiferencia; el respeto que yo tengo a que los demás no se interesen por mí y entiendan que mi presencia en ese espacio público es la de alguien que no tiene ninguna explicación que dar.

La ciudad es una vidriera, y muchos se sienten molestos por tanta transparencia. ¿Se puede restringir el exhibicionismo?

El espacio público es el espacio de la exposición, en el doble sentido de la exhibición: hacerse visible y ponerse en riesgo. La gente que convive en espacios públicos urbanos sabe que está sometida a la contemplación de los demás. Y los demás han de entender que esa presencia, en tanto que es una masa corpórea con rostro humano que reclama su derecho a estar, tiene derecho a estar. Consensuemos algo: ¿al espacio público se le puede definir por algo que no sea accesible a todos? Si, de pronto, alguien tiene que ocultarse, en función de lo que es o en función de ciertas opciones -sexuales, religiosas, de vestimenta, etc.- y ve escamoteado o cuestionado su derecho a estar, el espacio público demuestra que, en el fondo, no es sino lo que está siendo cada vez más en muchísimos sitios; una pura entelequia, por no decir superstición. Pues, en efecto, en todos los sitios hay personas que tienen problemas para salir a la calle, y para las cuales la calle es un riesgo. Y un riesgo que no depende sólo de fanáticos dispuestos a negarle su derecho a estar, sino de la misma policía que le puede negar derechos, puesto que considera que su presencia es inaceptable.

¿La calle se va transformando en un medio hostil a las personas?

Estoy convencido de que una buena parte de las cosas más importantes que hemos aprendido en nuestra vida no proviene ni de la casa, ni de la escuela, ni de la televisión; se ha aprendido en la calle. Lo que ocurre es que hay fenómenos como el acuartelamiento de los niños en sus casas por temor a enemigos -que son de la calle, como el automóvil, y otros diferentes tipos de riesgo-, que acaban produciendo reapropiaciones adolescentes del espacio público mucho más convulsivas y urgentes. Porque corresponden a personas que han visto negado ese derecho durante una parte fundamental de su vida. Y cuando lo recuperan, concretan una cierta venganza por ese exilio al que han sido sometidos los niños de lo que un día fue su reino: el de la calle.

¿Y qué hacer ante la ocupación de cuadras por parte de pandillas urbanas?

La calle no puede convertirse sino en el escenario en el que los conflictos sociales, las desigualdades, las anomias, acaban exhibiéndose. El sueño dorado que el urbanista y el político establecen de un espacio público sin conflictos y feliz, en que una masa ilusoria de clase media se dedica a un uso amable, basado en la urbanidad, puede ocurrir sólo en las revistas de urbanismo.

¿Podemos encontrar magia en las ciudades contemporáneas?

El metro -el subte- puede ser un lugar donde los mundos se lleguen a tocar y a confundir. Hace poco estuve en México DF, donde la Virgen María se aparece en el metro de Hidalgo. Ahí donde se va imponiendo la uniformidad cultural del monocultivo, la diferencia se toma su venganza y ataca por la espalda. Donde menos lo esperábamos, que es justamente en nuestras propias ciudades. Esas diferencias, incluso exóticas, aparentemente extravagantes, con frecuencia vinculadas al ritual y a la magia, aparecen por cualquier intersticio en la vida urbana. Ahí se puede encontrar mucho más chamanismo que en la selva.

¿Cómo se manifiesta el tránsito erótico y sexual en las ciudades?

¡Es que en la ciudades no hay otra cosa más que cuerpos! En el fondo, la ciudad es una sociedad de cuerpos, de miradas y de mirones. En pocos lugares se hace más evidente que lo más profundo es la piel, como en relaciones que son superficiales. No porque no sean profundas, que lo son, sino porque se dan en la superficie, flotan. Ahí, justamente, los cuerpos tienen un papel protagónico. Encuentros amorosos en los que reina la pura sensualidad, con afectos y elocuencias que pueden durar a veces una fracción de segundos y que se acaban resumiendo únicamente en la mirada. El metro está lleno de estas experiencias.

Somos mirones estigmatizadores. Y las mujeres son víctimas de estas miradas. ¿Cómo se relacionan las mujeres con la calle?

Para las mujeres el espacio público no es lo mismo que para los hombres. La mujer sola en la calle, por desgracia, es constantemente víctima de malentendidos, que denotan que no puede estar sola en la calle sino esperando a alguien. Por tanto, la mujer es víctima de esa discriminación que advierte que ese espacio público no es tan público como pretende. Tengo la convicción de que la conquista de la calle, para las mujeres, aunque sea para ir de compras, ha acabado siendo una vía de escape. Una opción para inserciones relativas, precarias, frágiles. Pero ha sido una excelente opción.

Fuente: Clarin.com


 


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